Leche de almendras. queso de almendras y chia pudding

Going slightly vegan

Como toda chica wanna be deportista, tengo una ligera obsesión con los macros. Siempre me aseguro de estar comiendo la cantidad necesaria de proteínas (especialmente proteínas), carbohidratos y grasas, que requiero para la actividad que haga.

La información que encontré hace dos años (cuando empecé) demonizaba los carbohidratos, azúcares y grasas. Entonces empecé por ahí. Por una cuestión lógica de alimentos disponibles, me incliné hacia las carnes, lácteos magros, huevos, vegetales, legumbres, etc.

Fue así como cambié el azúcar por frutos secos y chocolate amargo, los fideos por quinoa, cous-cous, o similares y a siempre agregarle proteína a todo lo que pudiera.

Si bien me sirvió para bajar 6kg. de grasa y mis estudios de sangre me dieron mejor que nunca: colesterol, triglicéridos, proteína reactiva c, entre otros, en niveles óptimos e inclusive reduje los niveles altos de prolactina que históricamente tenía, hace poco tiempo empecé a darme cuenta de algunos detalles en la comida que consumía.

Para empezar noté que cuando cocinaba el pollo, largaba como unos coágulos gelatinosos que me parecieron vomitivos. Creo que por un lado siempre pensé que “así era el pollo” y estaba como resignada, pero la última vez que cociné un pollo de Coto realmente sentí asco. Investigando un poco, encontré que sólo el pollo de criadero engordado (no es que creció, engordó) por 3/4 meses, pinchado con agua para pesar más, es así. And don’t even get me started con los antibióticos a los que los exponen, que después consumimos nosotros.

Y ahí es donde pensé “¿Y ahora QUE CARAJO HAGO?”. Ya no había vuelta atrás. Era dejar el pollo o encontrar una solución. Así que googleando di con una granja de Entre Ríos llamada Coeco, donde todos sus productos – carnes, pollos y huevos – son certificados orgánicos y se presentan como:

Un pequeño grupo de productores, que nos unimos para producir pollos y huevos de campo; de la manera más sana y natural posible: con grano y pasto, con acceso al campo, al agua y a la sombra y sin hacinamiento, por lo que los criamos en pequeños lotes.

Así que me convencieron y decidí probarlo. Googleando un poco más aún, di con Granja Libre, un e-commerce que vende, entre otros productos, los pollos y huevos de Coeco.

Una vez que entré al sitio, me encontré con varias opciones que me parecieron que valían la pena probar:

  • Hamburguesas de espinaca, quinoa, calabaza, cebolla caramelizada y más.
  • Pizzas fit (de masas integrales, calabaza, etc. y topping de queso magro, pollo, etc.).
  • Queso untable de almendras (amo las almendras).
  • Frutas y verduras orgánicas certificadas.
  • Y más

Así que hice mi primer pedido de pollo y huevos orgánicos, junto a todo el listadito previamente nombrado.

Con el pollo aún sigo en shock: ¡No se achica! ¡No le salen esos coágulos asquerosos! El sabor es 200% superior y me hace muy feliz saber que es carne que no está infectada de antibióticos y que fueron criados como nos enseñaron dijeron de chicos que se hacía.

Mientras que con las hamburguesas veganas también quedé sorprendida con el sabor que tenían. Las pizzas, si bien son un poco chicas para las porciones que comemos en casa y para el valor que tienen, funcionan bien como acompañamiento de una ensalada o un pollo a la plancha. De la verdura puedo decir que es uno de los pocos lugares que vende Kale, verdura con la que estaba obsesionada por encontrar en Argentina (con poco éxito hasta el momento) debido a su aporte nutricional superior al de cualquier otra hoja verde. Podría decir que les falta vender espinaca y banana para ser completamente perfectos.

Uno de los puntos de inflexión fue el queso untable de almendras que ¡Me encantó! Poco después vi en el Instafit de @agusdandri que la receta era básica y provenía del “residuo” de la leche de almendras. Así que en mi próxima compra de dietética compré  suficientes almendras como para encarar el tema en casa. Arranqué con la leche de almendras, que si bien ya había tenido un comienzo fallido, esta vez me puse las pilas y la filtré bien, le puse esencia de vainilla y stevia y me quedó bastante rica (a diferencia de las primeras veces). Luego, procesé el residuo de la leche con sal rosa, pimienta, semillas de girasol y un chorrito de aceite de girasol y ¡logré mi pasta de almendras!

Fue así como me volví un poco fan de la leche de almendras, queso de almendras (que ahora expandí con queso de castañas de cajú BABEO) y empecé también a hacerme los chia puddings (que antes ocasionalmente consumía) con la misma leche de almendras.

De esta manera, conseguí reemplazar – sin querer queriendo – entre un 85% y 90% de la cantidad de lácteos que consumía por día. A veces me olvido de activar las almendras y tomo la leche de vaca que tengo en casa, pero últimamente cada vez que termino un batch de almendras, ya casi en automático pongo nuevas a activar. Y además, casi que ya ni tengo ganas de tomar leche de vaca y menos aún de comprarme un finalndia o un queso port-salut, mis caballitos de batalla de tanto tiempo.

La realidad es que me siento físicamente mucho mejor con esta alimentación. Me siento con más energía y un metabolismo más rápido. Es más, ahora cuando tengo eventos (casamientos, de trabajo, etc.) donde no como lo que normalmente como en casa, me caen entre pesados y MUY mal.

Siempre pensé que el día en que entienda perfectamente como reemplazar las proteínas animales por vegetales, iba a hacerlo. Y como nada en la vida es estático y todos los días consumimos información que nos abre nuevos caminos, de pronto empecé a cambiar algunos hábitos por otros más saludables, sin forzarme a hacerlo.

Así que esta es la historia de como incorporé varios alimentos veganos que hoy me convierten en slightly vegan 😉